viernes, 17 de agosto de 2012

Es sólo un cigarro…

Conocida era la afición de Freud por los puros. Desde joven comenzó a tener este “vicio de caballeros”. Probablemente su padre llamado Jacobo Freud y que era un gran fumador, influyó en éste hábito del creador del psicoanálisis. El pequeño Sigismund supo del humo en su casa a temprana edad.

El Doctor fumaba alrededor de veinte puros diarios; fumaba al escribir, fumaba al atender a pacientes y fumaba en sus caminatas. Uno de sus pacientes llamado Raymond de Sausurre, escribió que en la sala de espera de su consulta, el olor a tabaco lo invadía todo y promovía una conexión entre el médico y él. El contacto se producía por el olor de los puros en primer término y en segundo lugar, por la voz de Freud. Martin Freud, uno de sus hijos, comentó que una vez terminada la reunión que su padre organizaba los días miércoles, el aire era irrespirable en la sala.

Esta adicción comenzó alrededor de los 24 años de edad. Freud dice: “los puros sirvieron precisamente durante 50 años como protección y como arma para los combates de la vida … le debo al puro una gran intensificación de mi capacidad de trabajo y mejora en el autocontrol”. Ni su esposa, ni su amigo el otorrinolaringólogo Wilhem Fliess, ni su médico personal, lo pudieron disuadir para que dejara de fumar. Las pocas veces que dejó los puros, experimentó taquicardias y molestias físicas inespecíficas, lo que hoy sería llamado un "síndrome de abstinencia típico".

Una sola vez, Freud fue interpelado de forma pública por su vicio y se enojó bastante. En una conferencia se le consultó sobre si el puro se podría considerar un "objeto fálico" en su caso y él respondió: “A veces un cigarro es sólo un cigarro”. Esta respuesta descolocó a los asistentes porque Freud improvisaba muy poco en sus disertaciones.

Freud tenía en alta estima su caja de puros, tanto así que en el cumpleaños de su hermano Alexander, se la regaló y le dijo que los aprovechase al máximo, tal como él lo había hecho.

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